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Sunday, May 28, 2006

{{Jovenes}}

Jóvenes:

Tal vez les parezca un poco raro encontrar esta carta una vez que nos hemos ido, la verdad necesitaba contarles, por rarezas de uno, lo que pasa. En realidad los vi tan callados, tan asustados que me acordé de mi miedo y aunque no me remuerdo un culo la conciencia joderlos a todos y cada uno, si alguien se pudo sentir indefenso alguna vez, he sido yo.

Crecí en Bogotá y a los cinco años me fuí de la casa ya que a la puta de mi madre en realidad nunca le importó haberme parido, seguía atendiendo cuanto tipo se levantaba, emborrachándose y tratándome como lo que era para ella, un estorbo. Así que un día que estaba culiando con un tipo y otra puta y por lo tanto yo en la calle, aproveché para no volver jamás, en la compañía de Ramiro, otro niño de cinco años como los que yo tenía salimos de allí al centro de Bogotá, y créanme que nunca regresé.
Ramiro me enseñaba a vivir.
"Sobrevivir" sería la palabra más justa en este caso, pues aunque me parecía bonito, el mundo al que había llegado se mostró de inmediato hostil y despiadado, ya que eran centenares los que como nosotros buscaban un pedazo de algo para echarse a la boca.

Resultaba difícil vivir de la caridad, cuando la caridad se ha convertido en un oficio al que llegas de último, siendo el más pequeño y sin poder ofrecer a vista ningún defecto que mueva la compasión del transeúnte.
En aquel tiempo llegué a envidiar a los cojos y a los mancos, puesto que lo único que tenían que hacer era tomar asiento en una esquina, exhibir sus miserias y permitir que el plato se fuera llenando de brillantes monedas.
Ramiro y yo por el contrario, nos veíamos obligados a correr junto a los peatones tirándoles del abrigo y sollozando para no recibir en la mayoría de veces más que un empujón o un despectivo golpe con el dorso de la mano, si es que teníamos suerte de no ser pisados con sus enormes zapatos.
Me dolía el cuello de mirar hacia arriba.
A mi nivel no estaba más que Ramiro, algún que otro niño y algún que otro perro.
Fue entonces cuando comprendí que existía el mundo de los adultos, y que esos adultos no eran los miembros de mi especie encargados de protegerme, sino mis peores enemigos, porque desde su altura emanaban la mayor parte de los peligros que pudieran acecharme.
Adultos eran los que me corrían a bofetadas cuando entrábamos a un restaurante a pedir limosna a quienes se atiborraban de comida; adultos los que nos echaban de los portales calientes en los que buscábamos refugio en la noche y adultos los que nos pateaban cuando nos sorprendían cagando bajo un árbol de la plaza.

No nos permitían utilizar los inodoros de los bares, pero no querían tampoco que nos bajáramos los pantalones a la vista de la gente, y lo que le estaba permitido a cualquier perro, nos lo prohibían a nosotros sin que entendiéramos los motivos.
¿Qué podíamos hacer?
Para utilizar el baño público deberíamos pagar, pero la gente rica que lucía anillos y relojes como ustedes no les obligan a que sus malditos perros los usaran en lugar de ensuciar las aceras.
Yo nunca me cagué en la mitad de una acera, se lo juro.
Buscaba un rincón cualquiera de la plaza, entre los matorrales, pero hasta allí, me perseguía un vigilante furibundo, que un minuto antes había visto impasible como un inmenso Pastor Alemán dejaba caer su plasta donde cualquiera podía pisarla.
¿Por qué tenía que ser peor mi mierda que la de un perro?
Creo que fue entonces cuando comencé a odiar a los perros, y no porque estuvieran mejor cuidados y recibieran mejor cariño que yo, sino por el simple hecho de que podrían cagar donde quisieran.
Puedo adivinar sus risas. ¿Les parece divertido que la sociedad acepte que un chandozo pueda tener mas derechos que un niño de cinco años?
Si en verdad lo consideran divertido, mas vale que no sigan leyendo estas letras, pues no entenderá lo que pretendo decirle.
No me enfado, tan solo les pido que cuando este por cagarse salga a la calle y trate de hacer sus necesidades a cinco metros de donde las hace el perro.
¿Cree que a mi me gustaba que me vieran el culo?
¿Cree que resultaba gracioso tener que echar de pronto a correr untándote de tu mierda las piernas?
Lo primero que Ramiro me enseñó fue a nunca cagar bajándome los pantalones, pues si los vigilantes me sorprendían no podía huir y acababa apaleado y con mierda hasta el cuello.
Por frío que hiciera tenía que quitarme los pantalones, aferrarlo con fuerza, abrir mucho las piernas y estar atento a mi espalda porque cuando menos lo esperaba una patada me lanzaba volando por los aires o un hijoemadre jardinero me empapaba con su maldita manguera.
¡Y Dios se apiade si por casualidad estas estreñido!
Y tenga muy presente que no le cuento todo esto por gusto, sino porque quiero que entienda que para un mendigo en una gran ciudad como la de usted, tan difícil puede ser cagar como comer, e incluso mas, pues si no comes, pasas hambre, pero si no cagas, revientas.
A menudo me despierto sobresaltado porque en mis sueños me veo acuclillado en mitad de la calle mientras la gente me contempla con gesto de asco o disgusto y siento vergüenza.
Algunos incluso me insultan.
Recuerdo que en alguna ocasión en que tenía unos terribles retorcijones por comer algo podrido de la basura, un tipo que pasaba se bajo la cremallera y empezó a mearme encima.
Yo aún no había cumplido los seis años, sudaba frío y creo recordar que incluso echaba sangre por el año, pero aquel rico hijueputa se reía empapándome la cara.
Ya no le parece divertido, ¿verdad?
Y hay mas, luego los gamines fuimos blanco de los escuadrones de limpieza social en Bogotá, tendría diez, máximo once años y el único sitio donde dormíamos a salvo era en las alcantarillas. De día volvíamos arriba.
Debía resultar ciertamente desagradable ver como se iban abriendo las tapas de las alcantarillas para que surjan unos rostros sucios, amarillentos y enfermos que cerraban los ojos a la luz del sol, aunque la gente acostumbrada a ver cosas raras, pronto dejaron de sentir curiosidad por los topos humanos.
Ya no pedíamos limosna para levantar dinero.

A partir del momento en que empezó a crecerme un ligero vello sobre el labio comprendí que resultaba inútil implorar la compasión de nadie, y no es que me maduré viche, es que llegué a la conclusión de que quienes permitían que tuviésemos que vivir como ratas no sabían que era la compasión, y yo no la necesitaba.
Todos los que estaban allí arriba eran mis enemigos, de alguna forma lo siguen siendo.
No importaba quien fuese. El simple hecho de saber que no tenían que descender cada noche a nuestro infierno privado, les convertía en miembros de una especie diferente a la cual cualquier daño que les hiciéramos estaba justificado.
¿Preferiría que le quiten el reloj, o pasar una semana en las alcantarillas rodeado de ratas y cucarachas?
Con solo haber bajado allí una vez, preferiría que le quitaran el reloj, la cartera o lo que fuera, con tal de no tener que volver jamás a un lugar semejante.
En ese caso, si eran ellos los que nos condenaban a vivir allá abajo, ¿que derecho tenían de quejarse?
Y ellos son todos, ustedes mismos son ellos.
Todo aquel que transite por una ciudad conciente de lo que ocurre con los gamines y no se esfuerce por remediarlo, merece que lo asalten, lo roben e incluso merece que le violen y maten.
Y estoy hablando en serio. ¿Por qué habría de mentirles?
Según la ley, si alguien es testigo de un crimen y no intenta impedirlo, es cómplice del asesino y debe ser severamente castigado.
¿Conoce peor crimen que el que le cuento?
¿Le parece que pegarle un tiro al amante de su mujer, al amigo que lo ha traicionado, al policía que trata de detenerle o incluso al cajero de un banco que quiere robar, es acaso peor que contemplar como cientos de niños son cruelmente asesinados, por criminales contratados para "limpiar las calles" o por niños ricos que juegan a ser hombrecitos?
Si usted lo cree, yo no lo creo.
A mi modo de ver existe una forma de moral activa y una pasiva. La primera de quienes cometen delitos y la segunda de quienes no se atreven a cometerlos pero permiten que otros lo hagan.
No sé si me explico, pero considero que el mundo rebosa de individuos como ustedes que imaginan que porque no infringen personalmente la ley, ya son honrados.
Y eso no es cierto. Sé que no lo es y lo que opinen los demás me sabe a mierda.
Recuerden que conozco bien el sabor de la mierda, viví con mierda hasta el cuello dos larguísimos años.
Tal vez sin proponérmelo o sin tomar clara conciencia de ello, llegué a la conclusión de que cada vez que una de aquellas criaturas moría allá abajo en las alcantarillas, alguien de los que seguía arriba tenía que pagarlo.
Admito que casi siempre le pasamos la cuenta a la persona equivocada, pero eso no es culpa nuestra. Ministros no entierran todos los días.

Si buscas amor y no te lo dan, buscas compasión y no te la dan, buscas comprensión y no te la dan, y al final buscas un simple trabajo y tampoco te lo dan, pero te ofrecen a cambio vivir entre ratas o morir en un parque, acabas por abrir de par en par la navaja y clavársela en el hígado al primero que pase.

Me he convertido en una escoria, en una basura de la que la sociedad haría bien en librarse, llevo mas de dos docenas de muertos, pero también me he convertido en uno de esos pedos que cuando estamos cagando nos recuerdan lo que estamos haciendo y nos ayudan a comprender que esa mierda por muy maloliente que sea, la hemos producido nosotros mismos, a base de triturar y corromper cosas que incluso olían bien y eran hermosas.

Si yo existo es porque a muchos, como a usted joven rico de mierda, nunca les hemos importado un culo.
Así que agradezcan que están vivos, que no los matamos y merezcan la vida de lujo que tienen.





Jesús Chico Grande
Tomado y adaptado del libro Sicario de Alberto Vásquez F.
Jesús Chicho Grande murió en Caracas Venezuela, el 30 de abril de 1991

{{Erase una vez el amor pero tuve que matarlo (II)}}

"Uno se mete a escribir porque no fue capaz de pegarle a un chofer que lo puso en evidencia, porque no destrozó los platos en un restaurante, porque no se enfrentó a un policía loco que insultaba a su novia, porque no le dijo a su madre lo mucho que la amaba y detestaba, porque no escupió a un profesor que decía que la tierra era redonda, porque se dejó ganar el puesto en la fila del cinema, porque no tiene oficio ni beneficio, porque piensa que es una forma facil de hacer fama y dinero, porque si lo hacen mamarrachos como García Márquez y Mutis uno también puede hacerlo, porque no es bueno para los números, porque no quiere ser médico ni abogado, porque está ardido, porque odia a la gente y quiere insultarla.
"Uno se mete a escribir porque una chica linda le dijo que le gustaban los escritores, porque necesita una coartada para no trabajar, porque lo hace sentir superior, porque se leyó un par de novelas de vaqueros y quiere entrar en la competencia, porque es un Cowboy sin oeste, porque cagatintas como Vargas Llosa lo hacen, porque no tiene voz, porque no tiene ritmo, porque está harto de hacerse la paja, porque quiere atorar a una mujer pero no hay forma, porque piensa que tiene algo que decir, porque descubre que las chicas lindas dicen que los escritores son tiernos pero salen con mafiosos, porque no lo dejan estrujar a la reina nacional de la belleza, porque está flaco y no hay remedio, porque tiene miedo de morir sin haberle hundido los pelos a una chica linda, porque si un mamón hipócrita como Vargas Llosa escribe cualquiera puede hacerlo, porque sabe que el cine es tiempo perdido, porque tiene envidida de esos mandriles que salen en la pantalla y ganan millones, porque quiere ser como Bukowski a falta de mejores oportunidades.
"Uno se mete a escribir porque no sabe boxear ni tiene agallas, porque tiene los dientes torcidos y no puede sonreír como quisiera, porque para los impotentes de toda índole no hay otro camino, porque todos los feos escriben o asesinan y uno no es capaz de matar una mosca, porque escribir da importancia, porque para que a uno le digan escritor no necesita hacerlo bien y para que lo llamen hijoputa no importa si su madre es un santa, porque tiene miedo de quedarse a la deriva sin hacer nada, porque no puede beber cada noche, porque ama a Dios pero odia las sociedades sin ánimo de lucro, porque no tiene novia, porque no hay emociones sino insultos, porque en su casa no hay tele y la radio se averió, porque la mujer del vecino es un bombón, porque tiene miedo de quedarse calvo y por eso evita los espejos. Uno se mete a escribir porque no se atreve a asaltar un supermercado, porque ama a una mujer y ella es la novia del chico listo de la cuadra, porque no hay suficientes revistas pornográficas, porque quiere hacer algo más que cagar y msturbase, porque no es el chico listo de la cuadra ni el chico fuerte ni el gracioso, porque es el chico nada, porque vale tres tiras de verga, porque afuera lo cascan, porque su madre grita todo el tiempo, porque no hay ilusiones ni luz al final del túnel, porque su mente vuela bajo y nunca será otro Cioran, porque no tiene valor para saltar, porque no quiere a la esposa fea que merece, porque tiene miedo de morir sin haber probado un bello culito, porque no tiene padre, amigos o fortuna, porque no tiene el modo de escupir de Clint Eastwood, porque se atasca entre una y otra intención, porque érse una vez el amor pero tuve que matarlo.

"Lo bueno es que escribir no sirve para nada de lo que uno quiere. Escribir es un límite, un dolor, un defecto más. Lo bueno es que después de hacerlo te sientes pésimo. Nada ha cambiado, toso sigue en su sitio (salvo tu jodido cabello), Pelé no vuelve a la cancha. Lo malo es que escribes y Pambelé cae a la lona vapuleado por un gringo, un maldito gringo que estuvo preso por golpear a su madre. (...)"

{{Erase una vez el amor pero tuve que matarlo (I)}}

ÉRASE UNA VEZ EL AMOR PERO TUVE QUE MATARLO - Efraim Medina Reyes

- ¿Para qué rayos lees eso, gatita?
- Me gusta.
Sid tomó el libro y leyó dos líneas.
- ¿Y entiendes lo que dice?
- No.
- ¿Entonces?
- Me gusta.

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LA FIESTA EMPIEZA CUANDO LA ROPA SOBRA

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Por ser la palabra un elemento cotidiano nos resulta penetrable. Y es un error, la palabra es mas hermética que la física moderna, la palabra es una trampa mortal.

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[i]Acerca de Garcia Marquez y Fernando botero[/i]
Esa gente me recuerda a las luminarias del alumbrado público que había en la calle donde nací. Hacía siglos que se habían fundido y nadie se preocupaba por cambiarlas, al cabo, cuando estaban en servicio, tampoco servían para un culo.

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El grueso de la novela es serrín y grumo. Si el cine es el septimo arte, mi verga es el noveno. El cine sólo es chatarra que pintan de dorado. Su margen es tan estrecho como culo de Colibrí. Luces y chatarr para entrampar a jodidos mamíferos sin imaginación. El cine, en el mejor de los casos, no pasa de ser un poco de música y literatura, rebajada y empacada, para intelectuales resecos. Para evitar que entierren la novela hay que sacarla de ese pomposo ataúd llamado literatura.

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Si hay algo que odio es una cosa hecha con propósito.

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Nosotros tenemos un ejemplo de ello en García Márquez: no sólo repite la misma fofa cháchara libro tras libro sino que él mismo parece un papagayo disecado. Todo el mundo en mi país sabe su nombre, pero nadie, y menos los jovenes, lo leen.

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